El Atelier... Personajes III. El modelo. (Y una digresión sobre narcisismo y escultura)

Marie Bashkirtseff, El atelier de mujeres, 1881.



   El domingo 20 de marzo de 1881 un cartón apoyado sobre un taburete hizo las veces de improvisada mesita para el almuerzo que Marie Bashkirtseff compartió con Amélie Beaury Saurel (foto) en el atelier de mujeres de la Academia Julian. El cuadro que lo representaba estaba terminado y se trataba de un día especial puesto que esa misma tarde habría de ser trasladado al Palacio de la Industria, sede en ese momento de la que durante más de un siglo fue la más importante exposición de arte a nivel mundial: el Salón de París.

   Un poco más tarde llegaría Marie Delsarte:

   «Marie trajo champán y nos dispusimos a hacer un cuadro vivo para la llegada de Julian. Arrojamos la botella al piso y nos tumbamos sobre la alfombra con la guitarra entre ambas. Tortora, el sacro pequeño de mi cuadro, tenía la orden de hacerse el borracho sobre la mesa, cuando llegaron la princesa con Bojidar y luego Gavini. Este último se dio aires de conocedor y criticó mi San Juan Tortora. ¡Después de esa visita, Marie lo trata de mejillón! Pero, también, si la gente de nuestro mundo no lo encuentra encantador, ¡¿qué esperar del público?!»


   Tortora es el mozuelo que ofició de San Juan Bautista para el cuadro de Marie  Bashkirtseff. No conocemos más que el apellido de este personaje, que viene a ser el último de los que tenemos identificados. No nos quedan dudas, sin embargo, de que tarde o temprano aparecerán otros más puesto que la información sobre la red va creciendo de manera exponencial. Hay datos que son propios de diarios y de revistas y en Francia, el país en que pintó y escribió Marie Bashkirtseff, desde hace años se viene digitalizando la formidable hemeroteca de su Biblioteca Nacional. Francia era, en aquellas épocas, el ombligo cultural del mundo.



   Pero volvamos al tema que nos ocupa y digamos que en lo que respecta a su San Juan, Marie no quedó para nada satisfecha. Así lo habrá de confesar en su Diario:

 

 «...Y además está el estudio de anatomía del modelo, un pequeño hombrecito de diez años. Si lo hubiese hecho como práctica de la semana no habría resultado tal mamarracho. Es banal y sobre todo de un dibujo común, sin carácter y absolutamente indigno de mí. Es lo peor del cuadro.» (Sábado 19 de marzo de 1881)



   Y también le dedicará un contundente párrafo en un extenso artículo titulado El Salón de 1881 en las páginas del N° 14 de La citoyenne (La ciudadana), órgano de prensa de la asociación feminista (sufragista) Les droits de la femme (Los derechos de la mujer), de la que Bashkirtseff era miembro y desde la que batallaba por el acceso de las alumnas mujeres en la escuela oficial de Bellas Artes, todo bajo el pseudónimo de Pauline Orrel:
   «El atelier de mujeres dirigido por monsieur Julian, por mademoiselle Andrey. La artista nos muestra a todas esas jóvenes mujeres en el trabajo. Hay algunas que son lindas. Es bastante agradable, vívido y bien compuesto, aunque ¡qué de durezas, qué de cosas flojas! El modelo que posa sobre la mesa no está para nada bien hecho. Dicen que es una joven debutante, por lo tanto casi la podríamos excusar.»
   Marie Bashkirtseff había firmado Andrey el cuadro de este año. El del año anterior lo había hecho como Marie Constantin Russ. No será hasta el año próximo que se sentirá lo suficientemente segura como para aparecer con su verdadera identidad.



   Volviendo a Tortora, pensamos que es muy posible que haya posado para otros trabajos de Marie, entre ellos esta escultura que creemos extraviada, como tantos de sus trabajos, durante la Segunda Guerra Mundial. La ilustración es un grabado de época que aparece impreso en el catálogo de la exposición póstuma de las obras de Marie Bashkirtseff, organizado en el Palacio de la Industria por la Unión de Mujeres Pintoras y Escultoras en febrero de 1885.

Petit garçon (Muchachito). Escultura de Marie Bashkirtseff, probablemente arcilla, de dimensiones desconocidas.

 

   Conozcamos un poco esa historia: en las dos décadas posteriores a la muerte de Marie Bashkirtseff, su madre realizó ingentes aunque infructuosos esfuerzos para lograr que el Estado imperial ruso se interesase por las obras de su hija. Por fin, en 1908, ya anciana y sin ninguna propuesta de adquisición, decide donar la mayor parte de las obras en su poder al museo Alejandro III, actualmente el Museo estatal ruso. Estamos hablando de noventa y una pinturas, tres esculturas y cuarenta y dos dibujos. Especulamos entonces que, vista la acotada producción escultórica de nuestra artista, es muy posible que la escultura de la que hablamos, así como aquella a la que nos referiremos más adelante, hayan tenido este destino.

   
   En 1932, ya en la era soviética y teniendo en cuenta el origen de la autora, casi toda su obra fue trasladada a los museos de Ucrania. Años más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, la fulminante invasión de las Wehrmacht y la incomprensiblemente tardía reacción del poder soviético convirtió la evacuación en un caos. Es difícil hacerse una idea de la situación de los museos en esos momentos. Hace tiempo mi hija me prestó una novela que trata el tema con bastante verosimilitud: Las madonas de Leningrado, de Debra Dean, que les recomiendo.

   Lo cierto es que, finalizada la Guerra, sólo quedaban en territorio soviético unas veinte pinturas y algunos dibujos de Marie Bashkirtseff. ¿Permanecerán las restantes novelescamente escondidas en algún recóndito bunker?, ¿ornarán la dacha de algún antiguo jerarca de aquellas espantosas épocas?, ¿las habrá volatilizado la artillería alemana?, ¿o habrán simplemente ardido para paliar el frío de tan terribles inviernos?...

   Como sea, la escultura de nuestro Petit garçon nunca más apareció. Por suerte lo que sí sobrevivió fue la pintura que en estos momentos nos ocupa, El atelier de mujeres, que hoy día es patrimonio del museo de bellas artes de Dnipropetrovsk, Ucrania.

   En Francia, venturosamente, se conserva también a muy buen resguardo la única de las esculturas sobrevivientes de Marie Bashkirtseff: Douleur de Nausicaa (Dolor de Nausicaa). Es un  bronce de 83 cm. de altura y está en exposición permanente en el museo d'Orsay, en París. El museo d'Orsay, que alberga al arte del siglo XIX, sobre todo a los impresionistas, es uno de los tres museos más importantes de Francia. El Louvre reune al arte de la Antigüedad, en tanto que el Pompidou, al moderno y contemporáneo.

 
Marie Bashkirtseff, Dolor de Nausicaa.



   Viene al caso exponer que, a lo largo de su breve existencia, Marie Bashkirtseff ha tenido una intensa relación con la escultura.
   «He nacido escultora, amo la forma hasta la adoración, el color jamás puede dar tantos disfrutes como la forma, aunque yo esté loca por el color. ¡Pero la forma…! Un bello movimiento, una bella actitud, ustedes la pueden rodear y la silueta cambiará mientras la observan pero el sentido siempre es el mismo. ¡Maravilla! ¡Felicidad! ¡Voluptuosidad!... Mi figura es una mujer de pie que llora con la cabeza entre las manos. Ustedes conocen ese movimiento de los hombros cuando se llora.» (Martes 27 de febrero de 1883)
   Pero también, y desde las primeras páginas del Diario, suele emplear a las estatuas como su parámetro de la belleza femenina.
   «Estoy extremadamente bien hecha, como una estatua.» (Domingo 9 de marzo de 1873)
   «Hoy día soy delgada, completamente formada por cierto, notablemente erguida, tal vez demasiado; me comparo con todas las estatuas y no encuentro ninguna tan erguida ni tan ancha de caderas como yo. ¿Es un defecto?». (Sábado 12 de agosto de 1876)



   Marie Bashkirtseff estaba orgullosa de sus anchas caderas que hacían, en aquellos tiempos, al ideal físico de la mujer. Hace ya mucho tiempo leí Urania, una obra de 1889 en la que Camille Flammarion hace gala de sus habilidades de novelista para poner en práctica sus otras dotes, las de divulgador astronómico. Bien podríamos decir que Flammarion ha sido el Carl Sagan del siglo XIX. Hay una escena en la que el protagonista sorprende a una etérea jovencita en el momento del baño. Cuál sería mi sorpresa, años más tarde, al encontrarme con una edición ilustrada de la época en que la escribió, con el grabado que representa aquella casi volátil jovencita con unas caderas tan... españolas, como diría Marie.

   «Las suizotas encuentran que hasta la cintura soy absolutamente perfecta. Por cierto, sólo he visto en las estatuas antiguas unos senos tan turgentes. De la cintura para abajo, esas mismas suizotas me encuentran simplemente fea porque tengo las caderas demasiado gruesas y los pies demasiado pequeños para una pelvis tan arqueada. Esas imperfecciones me humillan un poco, pero me consuelo pensando que esas fealdades son muy apreciadas por mis contemporáneos.» (Viernes 3 de mayo de 1878)

   Los suizotas eran Louise Catherine Breslau y Sophie Schaeppi (Foto), ambas se convertirán en destacadas pintoras. Schaeppi también dejará escrito un Diario al que, lamentablemente, aún no hemos podido acceder. ¿Por qué había apuntado esto Marie Bashkirtseff? Más de medio siglo más tarde, Madeleine Zillhardt —la hermana de Jenny y musa y compañera de toda la vida de Breslau, a quienes hemos hecho referencia en el post anterior— en su libro Louise Catherine Breslau et ses Amis (Éditions Des Portiques, París, 1932) se encargará de revelarlo: luego de una visita al Louvre, Marie Bashkirtseff llevará hasta su casa a Breslau y a Schaeppi y, ante el estupor de ambas, se desnudará completamente: «¿Como me encuentran? ¿No estoy tan bien hecha como esas estatuas que acabamos de admirar?».

   Perplejidad a un lado, podemos por cierto contrastar los cánones de la estética de aquellas épocas: poco tenían en común con la de nuestros tiempos salvo, por supuesto, el sino de lo efímero, el hado inevitable de cosa pasajera.



   Lo cierto es que, con una franqueza acaso sin precedentes, nuestra heroína echará mano a un mármol para hablarnos de su cuerpo.

Ariadna montando la pantera, del escultor holandés Johan Heinrich von Dannecker (1758-1841)
    «Esta noche posé frente al espejo como la Ariadna de Dannecker en Fráncfort… y vean, eso me evita contarles un montón de cosas. Si quieren saber cómo estoy hecha, vayan a Fráncfort y observen a Ariadna, que está hecha como yo. Incluso los dedos de los pies, que no son clásicos (en el sentido de que el dedo mayor no sobrepasa el gordo), son como los míos, lo cual, les aseguro, me causa un gran placer: ese segundo dedo de las estatuas antiguas no dejaba de mortificarme un poco. Mis caderas están más desarrolladas y mi cuello menos grueso, menos redondo, menos clásico, pero la fineza de mis muñecas y de mis tobillos me consuela de esos defectos.» (Miércoles 31 de julio de 1878)


   Entre paréntesis acotemos que sí, hemos estado oyendo bien, nos habla a nosotros, somos sus confidentes a través de los hilos del tiempo. Cuando Marie Bashkirtseff alcanza su madurez literaria comienza a escribir en segunda persona y es ésta la singularidad de un Diario al que Simone de Beauvoir calificó de modelo en su género. Desde un punto remoto de aquella Francia de un siglo y medio atrás Marie Bashkirtseff trajinaba también su blog. Philippe Lejeune, un especialista francés en diarios íntimos, bromeó alguna vez que nuestra heroína inventaba Internet en el siglo XIX.


   Por supuesto, también soñó con perpetuarse ella misma en el mármol. Será una obsesión que la acompañará desde los quince años, a lo largo de toda su corta vida:
   «Las cosas realmente bellas no pueden permanecer ocultas; deben ser admiradas por todos. Si nada cambia en mí, me haré esculpir con el tiempo. Yo querría mi estatua de marfil y de oro como la de Minerva en el Partenón, de esta manera se la conservaría como un objeto de arte y mi nombre estaría allí, para siempre.» (Domingo 22 de noviembre de 1874)
   «Mientras regresábamos hablé de hacerme esculpir completamente desnuda en Florencia. Realmente es imposible no hacerme perpetuar para la posteridad; no tengo el derecho de dejar extinguir una belleza como la mía.» (Jueves 19 de agosto de 1875)
    «Estuvimos en el atelier de Monteverde y después en el del marqués d’Epinay, para quien teníamos una carta. D’Epinay hace estatuas maravillosas. Madame de Mouzay le había hablado de Marie como de un ser extraordinario, una artista, etc. Admiramos todo y le pedimos el precio de una estatua. Costará veinte mil francos, es caro pero será hermoso. Este hombre viste y peina admirablemente a sus estatuas. Ardo de deseos de hacerme esculpir.» (Jueves 20 de enero de 1876)
   «Hoy me vestí de negro para sorprender al pueblo de Roma. Visitamos por fin el casino de la villa Borghese. Vi a la princesa Pauline por Canova. Tomé la medida de su pie para compararlo con el mío y el mío es tres centímetros más pequeño, por lo menos. Querría hacerme esculpir así. ¡Es absurdo esculpirse vestida! (Sábado 18 de marzo de 1876)
Encargada por Camille Borghese, su segundo esposo, Pauline Bonaparte representa la Venus Victrix. Esculpida por Antonio Canova en 1808, esta escultura continúa emplazada en la Galería Borghese de Roma.
   «Desde hace mucho tiempo sé que no hay nada más bello en el mundo que mi cuerpo y que es un verdadero pecado, una infamia, no hacerme esculpir o pintar. Semejantes bellezas no pueden pertenecer a nadie en particular, debe ser como un museo, abierto a todo el mundo.» (Sábado 30 de junio de 1877)

 
   «Al regresar me desnudé y quedé helada por la belleza de mi cuerpo, como si nunca lo hubiese visto. Es preciso hacer mi estatua ¿pero cómo? Soltera es casi imposible. Y es absolutamente necesario, porque terminaré afeándome, estropeándome… Tengo que atrapar un marido, sólo para mandar a hacer mi estatua… pero no, el marido vendrá, tal vez, aunque eso será dentro de algunos años y yo tengo que hacer que me la hagan ahora. Costará caro, al menos diez mil francos, sólo el modelo de yeso porque, ustedes piensan bien, lo hará Saint-Marceaux… Lo principal es el dinero, ¿de dónde sacar diez mil francos? Mientras que, estando casada, seguro que aparecerían.» (Domingo 5 de setiembre de 1880)
   «Mademoiselle de Villevieille, que vino ayer a visitarme, tiene razón, nunca se ha hecho escultura como la de Saint-Marceaux. Las palabras tan a menudo empleadas se transforman en banales: es vivo, es de una verdad absoluta. Y, aparte de esta calidad maestra, y que basta para hacer feliz a un artista, hay allí una profundidad de pensamiento, una intensidad de sentimiento, un no sé qué de misterioso que no hacen de Saint-Marceaux un hombre de talento sino un artista de genio. Sólo que todavía es joven y está vivo, he ahí por qué parece que estoy exagerando. Por momentos lo colocaría por sobre Bastien. Ya es una idea fija. Necesito un cuadro de uno y una estatua del otro.» (Domingo 31 de diciembre de 1882)
Marie Bashkirtseff, mármol por René de Saint-Marceaux
   René de Saint-Marceaux (1845-1915) era el escultor de la época a quien nuestra artista más admiró. Por expresa voluntad de Marie, éste habrá de esculpir en mármol su busto póstumo que actualmente es patrimonio del Museo de Arte Occidental de Tokyo. El otro de los artistas admirados por Marie Bashkirtseff, Jules Bastien-Lepage, ya estaba demasiado débil para hacerle realidad aquel deseo. Se irá un mes después que Marie, víctima de un cáncer de estómago. Habrá sido el último en encarnar el ideal del amor para nuestra heroína, pero eso será material de otra entrada.



   De todos modos Marie Bashkirtseff tuvo su estatua de cuerpo entero, treinta años después de su muerte. En 1914 el artista nizardo Michel de Tarnowsky realizó este modelo que quedó en proyecto para un monumento. Lamentablemente la Primera Guerra Mundial estaba en sus comienzos y el bronce de aquellas épocas era más útil para fundir cañones. Hoy día esta escultura en yeso está emplazada en el museo de bellas artes de Niza.

Marie Bashkirtseff, recatadamente vestida y calzada, por Michel de Tarnowsky
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   Y para concluir con este capítulo, habida cuenta de lo hasta aquí expuesto, nos preguntamos: ¿será descabellado entonces —y esta es una presunción sin otro fundamento que la propia imaginación de quien estas líneas rubrica—, conjeturar que en esta estatua, que muy probablemente haya visto su destino final durante la gran epopeya eslava de la Segunda Guerra Mundial, nuestra artista se haya representado a sí misma? ⬜
Femme Appuyée, Mujer reclinada, escultura de Marie Bashkirtseff de paradero desconocido. Ilustración extraída del Catálogo de la exposición póstuma de sus obras, Ludovic Baschet Editeur, París, 1885.


© José H. Mito




Marie Bashkirtseff Dixit: «No hay nada que favorezca más a una mujer que el hecho de saberse hermosa… a menos que una sea fea; entonces se cae en el ridículo.»  (Lunes 11 de enero de 1875)



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